Entrevista a Paz Rojo

Foto Paz

“Sosteniendo la pregunta ¿qué puede un cuerpo?” es el resultado del tercer comisariado de Paz Rojo en La Casa Encendida. ¿De dónde viene este tercer festival? ¿Qué diferencia esta edición de “¿qué puede un cuerpo?” de la del año pasado?

Considero la posibilidad de que ¿qué puede un cuerpo? se convierta en un festival bianual, por lo que este año no podemos hablar de un festival a gran escala como el anterior. Sin embargo, he considerado oportuno no dejar desaparecer la pregunta sino sostenerla apoyando la creación artística por medio de recursos económicos e infraestructura, invitando a seis creadores a “responder” a la pregunta desde sus intereses y prácticas.

El año pasado la pregunta estaba situada desde un lugar muy específico, sin embargo este año hemos invitado a otros artistas a que la reelaboren. El año pasado se proponían obras existentes que apoyaban, debatían o reinterpretaban la pregunta, contribuyendo así a expandir y sostener posibles perspectivas. Este año las propuestas presentadas serán realizadas específicamente para este contexto o presentarán un momento concreto de cada uno de sus procesos en relación (o tensión) con la pregunta. El festival del año pasado tenía un carácter internacional y tuvo lugar a lo largo de dos semanas e incluía laboratorios, conferencias, encuentros… lugares que invitaban a percibir y compartir la pregunta, no sólo desde la silla de espectador sino desde la práctica, la reflexión, el encuentro, el pensamiento… Este año hablamos de un ciclo con un espíritu más local, un fin de semana en el que se presentarán tres creaciones, dos conferencias y un encuentro entre los participantes y el público.

¿Por qué Quim Bigas, Anto Rodríguez, Carme Torrent, Arantxa Martínez, Fernando Castro Flórez y Diego Agulló?

Carme y Arantxa llevan años trabajando desde lo sensible, el cuerpo, las sensaciones. Un discurso físico al cual me siento muy afín. De Arantxa conozco su trabajo The Present y de Carme su proyecto Moverse sobre nada.  Pensé que ambas podían estar interesadas en hacerse esta pregunta y dejar que ésta actuara en sus actuales procesos de trabajo. El trabajo de Anto es muy polifacético y activo en internet, además de colaborar intensamente con otros artistas como por ejemplo Cristina Blanco. En su caso el reto consiste en llevar a escena algunas de las ideas que está desarrollando en otros soportes. A Quim le he seguido a través de su trabajo con Aitana Cordero. Sabía que estaba ya inmerso en propuestas propias por lo que consideré oportuno apoyar el proceso de trabajo que está comenzando ahora. Diego es un creador que participó en la pasada edición de “¿qué puede un cuerpo?” Su investigación Choreographing life trayectories me parece de enorme interés por el diálogo que establece entre coreografía, ética y estética. Y de Fernando lo que puedo decir es que es un lujo contar con él este año y que no dejo de estar curiosa por lo que, desde una perspectiva filosófica y el arte aportará a este contexto.

“¿qué puede un cuerpo?” se ha convertido en un oasis en el desierto de la nueva danza y la performance en Madrid, sobre todo en comparación con otros espejismos. ¿Cómo se relaciona este contexto artístico y de pensamiento con la ciudad? ¿Por qué Madrid?

Cuando volví a Madrid después de vivir muchos años fuera de España, me encontraba muy desconectada y sin contexto donde poder desarrollar mi trabajo y compartirlo con otros. Hablo del año 2006… entonces las cosas eran muy diferentes en Madrid. Recuerdo tener una conversación con una persona, yo me quejaba de la falta de contexto y su respuesta fue: “¿Y por qué no lo creas tú?”. En 2010 empecé a compartir mi investigación con un grupo de profesionales y no profesionales de la escena o la danza. Con el tiempo esos encuentros y prácticas compartidas se convirtieron en el caldo de cultivo de mi investigación actual. Más tarde, en 2013 Maral Kekejian me invitó a comisariar lo que quisiera en La Casa Encendida  y aquello se convirtió en 2014 en este contexto.

Más que identificarme con el rol de comisaria, cuando empecé la primera edición de “¿qué puede un cuerpo?” me planteé “poner en conversación” la investigación que estaba llevando a cabo. Algo así como “ponerla en plural”. Este punto de vista me llevó a buscar afinidades en los trabajos de otros, tensiones o posibles acercamientos o distancias con respecto a otras propuestas fuera en el formato que fuere. Supongo que el valor de “¿qué puede un cuerpo?” es que, más allá de ver trabajos bajo el nombre de artistas-marca, lo que estaba por delante y en juego era la percepción compartida de una visión lanzada para desencadenar no sólo afinidades sino diferencias y reflexión en torno a lo que cada uno podía contestarse. En este sentido, que algo así tenga lugar en la ciudad de Madrid (con respecto al mercado escénico y más concretamente el mercado de la coreografía y la danza)  y no en ciudades como Bruselas, Berlín, Ámsterdam o Viena, tiene todo el sentido… ya que algo así sólo puede tener lugar desde la periferia… o desde un lugar alejado de lo que eso que llamamos ‘mercado’… lo cual me hace pensar en una frase de Gust Van Sant al respecto de la película de GERRY: “el desierto no es precisamente el lugar donde la industria (del cine) encaja. En el desierto es precisamente donde aún podemos hacer cosas”.

¿Te gustaría disfrutar también de un contexto estable en Madrid donde poder continuar tu investigación y práctica? ¿Crees que es posible?

No sé si generar un contexto de forma continuada es posible. No obstante creo que lo que haría posible un contexto continuado sería contar con un espacio físico concreto en esta ciudad. Un espacio cuya producción no viniera dada sólo por su gestión -la cual, al final del día sería desafortunamente económica-; sino por las formas en que podríamos habitarlo. En este sentido lo ideal sería reducir al mínimo una posible vinculación económica para poder producir otras formas y relaciones. Quizá sería interesante hacerlo como experimento durante un año o algo así… bueno, tú y yo ya lo hablamos una vez… lo de derivar la partida del festival al alquiler (y demás gastos) de un espacio en torno al cual poder organizarse… ése es un proyecto pendiente. De todos modos últimamente pienso también en lo importante que es el aislamiento. Creo en la soledad. Creo que es muy importante y que la desestimamos demasiado… parece que lo que tiene valor es sólo lo colectivo y a veces “lo colectivo” se convierte en manera ideal de no tomar partido o de esconderse en identificaciones o ideologías.

En todos los encuentros y festivales, el movimiento y la coreografía, los cuerpos, se enmarcan junto con otros campos entre los que destaca el pensamiento crítico, político, ético, estético… ¿Cuál es su diálogo? ¿Se necesitan?

Sí, si se necesitan e incluso convocan. Además de ser una categoría estética, me interesa abordar el término “coreografía” como “concepto” y como “práctica”. Como concepto, “coreografía” vendría a ser los modos en que nuestra subjetividad es producida (podemos pensar la subjetividad del artista, del bailarín…). Si pensamos que “lo coreográfico” son las políticas, las técnicas que organizan y estructuran los cuerpos en formas determinadas, podríamos decir que “coreografía” viene a ser algo así como la maquinaria o ideología que organiza, forma y estructura los cuerpos y los deseos. Por otro lado, me interesa cómo el mismo concepto de “coreografía” puede ser reelaborado como “práctica emancipatoria”, lo cual vendría a significar la interrupción de sí misma. Aquí entraría lo político, estaríamos hablando de la creación de gestos que implican la práctica artística conjugando la ética y la estética.

A parte de ser creadora, llevas a cabo una investigación doctoral en la Universidad de las Artes de Estocolmo (UNIARTS) llamada “El rechazo a la coreografía y su movimiento: el camino subalterno”, y también eres curadora o, como ya has dicho otras veces, trabajadora cultural. ¿Cuáles son tus intereses y preocupaciones como trabajadora cultural en el ámbito de la coreografía y el movimiento?

Fíjate que la nomenclatura de “trabajadora cultural” la tomé de unas colegas serbias. En la ex Yugoslavia parece que el trabajo artístico no sólo concierne a la figura del artista, sino a la de la cultura y el trabajador, quien aborda su actividad desde una preocupación existencial y política por el contexto en el cual vive, crea y genera relaciones. Me identifico con esa figura por eso y porque me sitúa cuerpo a cuerpo con las relaciones que conforman lo que hago.

En este sentido, reivindico la subalternidad de la figura de la trabajadora (cultural). Al respecto, me interesa lo que la subalternidad puede como potencia. Sin embargo parece que tenemos miedo a las consecuencias de elaborar esa subalternidad. Me preocupa también la facilidad con la que establecemos relaciones de intercambio de valor y lo difícil que nos resulta establecer relaciones que verdaderamente conformen experiencias transformadoras más allá de su moneda de cambio. Al respecto, creo que es necesario pensar una posible separación entre los modos en que estamos coreografiados o coreografiamos y los movimientos que podemos desencadenar como experiencias transformadoras. Parece que los coreógrafos y coreógrafas del siglo XXI tienen miedo a moverse… ese es otro asunto que me ocupa bastante: estoy hablando de una posible práctica coreográfica como una estética de la producción de cambio.

El sistema nos obliga a cambiar constantemente pero también pone en crisis cualquier posibilidad de cambio para que al final no cambiemos nada. ¿Cómo respondemos desde lo sensible a esa imposibilidad? No me refiero a un cambio concreto, sino a su posibilidad. ¿Cómo diferenciar el movimiento que produce relaciones de intercambio, del movimiento que desencadena experiencias transformadoras? Mientras que la primera concierne lo que podríamos llamar “coreografias de sí”, o del ser (lo cual es problématico en un contexto donde se nos demanda ser marcas rentables). El movimiento del que hablo aborda lo que llamaríamos “coreografías del no ser” y concierne a una subalternidad, gestos que no implican una concepción de futuro como condición generadora de cambio. En este sentido, me interesan aquellas subjetividades que abandonan la lógica capitalista del intercambio de valor. La cuestión es que no hay salida, que ya estamos coreografiados y que siempre lo vamos a estar y la paradoja es que, para llevar a cabo esos gestos es importante asumir, conocer y encarnar la condición subalterna respecto a esos dispositivos que nos coreografían, y en segundo lugar confiar en que es precisamente esa condición subalterna la que nos permitiría vislumbrar, desde lo invisible, una potencia…

¿Qué puede un cuerpo?

Un cuerpo puede lo que está haciendo.

Fernando Gandasegui

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