Violencia Lenta/Slow Violence/Notas después de una conferencia de Sandra Noeth

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Un cuerpo reventado por una explosión. Tres cuerpos golpeados por la policía. Muchos cuerpos escapando de las balas del ejército. Todas situaciones representadas una y otra vez por las cámaras del mundo que nos permiten observar impertérritos el espectáculo. Violencia fotogénica, sexi, capaz de subir nuestro rating mental y alimentar nuestros cuerpos de prime time. Violencia real a la que nos aproximamos porque a diario es visibilizada con los mejores ángulos, la máxima definición, con el lente perfecto y el Pulitzer en el horizonte.

Una ciudad cuyos edificios lucen con una pátina gris y negra, desgastados por un lento proceso de corrosión. Unos edificios a punto de derrumbarse por el debilitamiento estructural producido por un aire cargado de partículas de acero. Ciudades de circulación interrumpida que potegen al peatón de posibles derrumbes. Polvo envenenado que a diario respiran personas, que a diario se posa en la piel de sus cuerpos y es absorbida por su sistema hasta llegar al torrente sanguíneo. Matanza de ganado envenenado, desaparición de la pesca, presencia de enfermedades de cáncer en todas las familias. El foco de este desastre es la industria de acero de Taranto, Italia. Otra clase de violencia. Muerte lenta, desaparición imperceptible. Las cámaras no pueden capturar el momento en que el cuerpo se degrada. Las editoriales de los medios bostezan con la lentitud de las consecuencias de los tóxicos en la piel. Una ciudad entera muere lentamente a manos de la violencia económica y no nos percatamos.

Rob Nixon, ecologista sudafricano y profesor de la Universidad de Wisconsin-Madison, acuñó el término “violencia lenta” para referirse a otro tipo de violencia que no puede ser considerada como estructural, sino como “lenta”, menos visible y persistente en el tiempo, y que es el producto de años de contaminación medioambiental, de militarismo y guerras, de políticas desarrollistas y destructivas sociales o de los excesos de una economía bulímica. Está estrechamente vinculada con el capitalismo, el neoliberalismo y la visión de desarrollo lineal/progresivo inagotable y la modificación de los recursos naturales y del medioambiente como un producto del mercado.

Es una violencia anónima que no siempre es percibida en el momento en que ocurre, que incluso puede emerger mucho tiempo después y ser etiquetada como “daños colaterales”. Generalmente son fruto de conflictos de baja intensidad que se extienden en el tiempo sin explotar. Es la paradoja de una emergencia a largo plazo.

La velocidad de la información, de las imágenes, de las narraciones se ha convertido en un valor en sí mismo y se asocia con ciertas formas de representación que hoy dominan y acaparan nuestra atención. Lo que puede la velocidad en el tiempo se ha vuelto una herramienta de destrucción masiva, imperceptible y con un alcance que haría llorar de emoción a Oppenheimer.

Esta violencia lenta carece de una representación que la visibilice, no obstante, si observamos con detenimiento veremos que todo documento de la cultura humana atestigua la barbaridad de la humanidad y conlleva un acto inicial de violencia. Este aspecto representacional concierne al arte, de modo que sus prácticas, que son funciones dentro de procesos, deberían ocupar sus herramientas para reorganizar la manera en que construimos nuestros actos, para impulsar otras coreografías como formas de estar juntos y separados.

¿Cómo movernos en esa violencia lenta?
¿Cómo actuar en entornos como estos?
¿Qué pueden hacer los cuerpos para representar esa violencia?
¿Qué clase de imágenes nos pueden impulsar a actuar y movilizarnos?

Lo más perturbador es el movimiento de lo que percibimos inmóvil (Deleuze) y los cuerpos heridos diariamente de esta manera atestiguan esa inmovilidad. Nosotros mismos.

Al final de la conferencia Sandra Noeth decía que para actuar en la violencia lenta quizás debíamos fijarnos en lo que está emergiendo, en lo que no es visible.

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